sábado, 22 de octubre de 2011

Rodolfo Walsh

Para Vero

Mientras la fatuidad de las sociedades acabadas o inexorablemente encaminadas y las opiniones totales fundó su dignidad y su fuerza en el Terror, o se creyó, al menos, capaz de utilizar como una herramienta nada menos que al mismo Terror, de tan profundas raíces genealógicas que haría aparecer a cada sistema o modelo como uno de sus temporarios vástagos, endebles hijos de un inmortal que no los lloraría cuando la naturaleza los expulsara de la existencia; mientras se perfeccionaron la persecución, la tortura y el desaliento, los espíritus más enardecidos consagraron sus llameantes corazones a desafiar, a soportar, a demoler a riesgo de entregar la sangre, de ser arrancados de las caricias, de la historia, o de exponer su recuerdo a ser bandera y ley de los monstruos, a ser estampado de remeras de catálogo. Así se nutrieron las estrategias del Terror y, consecuentemente, el desafío de los espíritus enardecidos; entretenido el Terror frente al tablero, descartados los espíritus enardecidos como fichas desgastadas o estéticamente anacrónicas.. Hasta que, machacado en alguna jugada, el Terror se declaró envejecido, o temporalmente aburrido, o en viaje a la sierra para aclarar sus pulmones, dejando entonces, además de su halo inalienable, a dos predilectas hijas a cargo de la partida: Así sus hijas, Banalización e Indiferencia, se entretienen sobre el tablero entre ellas, son sus peones los cobardes y los oportunistas, los desesperados y los ingenuos. Mientras que los espíritus enardecidos, corderos ungidos para sacrificios olvidados, atacan sombras y reflejos y esperan de estos la estocada final, o arden una noche tratando de entibiar con su llameante corazón el cruel cubil que la reglas del nuevo juego les han asignado.

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