miércoles, 17 de agosto de 2011

Sobre Amy Winehouse y el club de los 27


Consumimos jugos que imitan frutas, plásticos que imitan cuero, pinturas que imitan realidad a rajatabla, mujeres que imitan maniquíes con orgullo; consumimos tantos versos de Hesíodo como requiere el tiempo que pasamos sentados en el inodoro, horarios y rutinas, peinados rudos o despreocupados que requieren cuatro horas diarias de cuidado, remeras irreverentes compradas en locales especializados, amistad virtual de gente que ignoramos en la calle, medias, temas de conversación e indignaciones varias; aforismos de Nietzsche de la última serie de Fox, jabones con nombres de helado, profecías arcaicas y oscuras que se cumplirán en cualquier momento, pantalones bajos y cinturones ceñidos (con la postura moral e ideológica que cada uno conlleva); y con mayor o menor constancia, a través de livianos auriculares, casi incorpóreos (ínfimo porcentaje de algún plusvalor oriental) consumimos el reclamo o la decepción de alguien que, como nosotros, no hallo lo que buscaba en la góndola pero, carente de nuestro prudencia, no sabe contentarse así sin más con lo que le están vendiendo en su lugar. Busca y deglute lo que se le cruza para llenar el abismo de su deseo, mientras nosotros consumimos asépticamente la estética de su angustia, la técnica de su desesperación. Y el día en que este "producto", que ha comprado todo cuanto ha podido, se da cuenta de que no encontrará lo que necesita y su pobre corazón estalla de desamparo, nos servimos un trozo de su cadaver en la vajilla que Coca-Cola nos regaló la última vez que pensamos que ya no podíamos más.

2 comentarios:

 [christian.yamao] dijo...

increible texto, qe artista.

Carlos Dearmas dijo...

Gracias, Christian, por la buena onda de siempre!